Artefacto Digital VI | «Tempo: 60 palabras»
POESÍA | Continúo compartiendo cada mes, en exclusiva para mis mecenas, mis artefactos digitales. Hoy presento «Tempo: 60 palabras», mi Artefacto Digital VI, uno de mis preferidos.
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— Acceso a la lectura y visualización del artefacto digital «Tempo: 60 palabras»
Sigo encontrando la manera de compartir los proyectos que me permiten unir dos de mis principales pasiones y dedicaciones: la poesía y la informática.
Ya te mostré por aquí dos de estas propuestas poéticas, a las que desde hace años denomino Artefactos Digitales:
Artefacto Digital I : Soneto Dicotómico de la Nada y el Todo
Artefacto Digital IV : Rayuela Poética
Hoy le toca el turno a uno de mis artefactos más queridos. Su desarrollo me llevó mucho tiempo: desde la concepción de la idea hasta la construcción de la interfaz técnica, pasando por la selección de las 60 palabras necesarias a partir de las cuales generar los poemas.
Me refiero al Artefacto Digital VI, titulado «Tempo: 60 palabras».
PRESENTACIÓN DEL ARTEFACTO
«Tempo: 60 palabras» nace como una de esas ideas locas que, de vez en cuando, me vienen a la cabeza y a las que termino haciendo caso. En esta ocasión, la idea era más o menos esta:
¿Y si se pudiera generar un poema para cada hora del día?
Y empecé a tirar de ese hilo.
Tras unas cuantas digresiones inútiles —algún día tendré que hacer inventario de ideas, pensamientos y proyectos absurdos— terminé llegando a la idea principal de lo que hoy te presento.
¿Y si mostrara un reloj analógico y sustituyera los números de su esfera por palabras?
Ahí empezaba la cosa a tomar forma. De pronto, me vi creando una colección de doce palabras a partir de las cuales, según la hora del día, la aguja horaria señalaría una de ellas y, a partir de ese punto y en el sentido de las agujas del reloj, se formaría un poema de doce palabras. Interesante.
Tardé más en desarrollar la interfaz del artefacto que en seleccionar las doce palabras necesarias para construir un poema circular, capaz de comenzar en cualquiera de ellas y seguir teniendo sentido. El resultado me gustó mucho.
Pero, claro, la cabeza siguió pensando e ideando.
¿Y si, en lugar de las doce horas, aprovechara las sesenta muescas de un reloj analógico para asignar una palabra a cada una de ellas y, a partir de ahí, construir poemas circulares de sesenta palabras?
Y la cosa se desmadró.
A la dificultad técnica de encajar 60 palabras en un reloj analógico y mostrarlas de una manera legible para la persona usuaria se sumaba la dificultad literaria de elegir esas 60 palabras de modo que permitieran construir poemas circulares.
Ahí empecé a jugar —lo vi necesario desde el primer momento— con palabras polisémicas, como «para» (que podía funcionar como verbo o como preposición, según el caso), o con expresiones como «salir adelante», donde «adelante» podía emplearse también como arenga. Lo mismo ocurría con el uso poliédrico de algunos infinitivos. Parecía complicado. Pero cuanto más se complicaba, más me divertía.
Evidentemente, debía incluir palabras relacionadas con el tiempo, el espacio y la experiencia vital.
Y, al final, no podía ser de otra manera: comenzaron a aparecer una serie de poemas extraños, de carácter casi oracular, construidos a partir de infinitivos y mensajes enigmáticos. Yo, aficionado al I Ching, no podía estar más satisfecho con el resultado.
Pero aún quedaba una parte importante: encontrar la mejor forma de mostrarlo en pantalla. Y ahí di con los tres tipos de poemas que genera el reloj, uno por cada aguja.
a) La aguja horaria. Lo llamé Poema Órbita. Es el poema que nace de la palabra señalada por la aguja horaria y continúa con el resto de palabras horarias en el sentido de las agujas del reloj.
b) El minutero. Lo llamé Poema Arco. Se construye con las palabras comprendidas en el arco que va desde la hora marcada por la aguja horaria hasta el minutero.
c) El segundero. Es el Poema Pulso. Cada segundo genera un poema de una sola palabra: la que señala esta aguja.
Cuando parecía que todo estaba ya resuelto, se me ocurrió una última vuelta de tuerca. Nunca mejor dicho.
¿Y si pudiéramos hacer girar la esfera del reloj hacia la derecha o hacia la izquierda, de modo que las palabras cambiaran de posición en cada giro, avanzando o retrocediendo una muesca?
Y ahí fue cuando supe que el artefacto había quedado conceptualmente cerrado.
A partir de ese momento, lo que quedaba por delante era trabajo técnico: desarrollarlo de la mejor manera posible.


