Pañuelo en Budapest
POESÍA | Un poema sobre lo absurdo de la guerra, sobre la miseria, la humanidad, la deshumanización y la empatía. Un pequeño homenaje a quienes no quieren olvidar para no repetir las atrocidades.
Hace unos años hicimos una visita guiada por Budapest.
Tuvimos la suerte de contar con una guía local, Eva, que hablaba un perfecto castellano y que nos transmitió, con palabras, su amor incondicional por su ciudad natal. Mientras nos llevaba de un sitio a otro, nos hacía entrar en portales con vidrieras históricas y nos contagiaba su entusiasmo, con el deseo de que los visitantes nos lleváramos una impresión emocional, histórica y realista de su lugar en el mundo.
En un momento de la visita, junto al monumento de los zapatos frente al Danubio, Eva comenzó a llorar desconsoladamente mientras nos contaba lo allí acontecido, con una entereza y una dignidad que nos emocionó a todos los presentes, a ese “grupo de turistas españoles” que menciono en el poema.
Entonces, alguien del grupo le ofreció un pañuelo para secar las lágrimas. Allí nació el poema que luego escribí en el autobús, de regreso al hotel.
Pude hacerle llegar, finalmente, el poema a Eva, a través de nuestro guía de viaje. Y supe por él que quedó agradecida y conmovida.
Como yo, con su hermosa visita por su ciudad vieja.
Disponible para su escucha en el Episodio T1E1 del Pódcast de HABITÁCORA. Pulsa aquí para escucharlo.
PAÑUELO EN BUDAPEST A Eva Fésüs I Se oyen los disparos desde las viviendas, en el interior de los edificios de la ciudad: el hombre ha enloquecido. II Budapest, que envejeces con cada atrocidad acunada en tu seno: no despiertes al alba, no quieras ver tus muertos río abajo. Ya tiemblan las vidrieras en tus patios igual que las pupilas de un gigante de piedra. Algún día —ahora lo sabemos— tus cristales nos contarán la Historia. El Danubio te llora, Budapest, ciudad triste; es testigo inaudito de toda tu miseria. En su lento descenso pareciera decirte: no mires hacia el muelle, ciudad vieja. Allí, los soldados obligan a sus víctimas a descalzarse. Los judíos obedecen ajenos al melódico sonido de tus aguas y dejan sus zapatos a un lado ahorrándole el esfuerzo a los verdugos de descalzar cadáveres. Lo hacen mientras gritan sus propios nombres o el de seres queridos. Berta, Istvan, Simon, Anna, Elekne... Algunos de esos gritos se hacen frágiles vidrieras de aire que estallan sobre el cauce de tu rojo Danubio. Sus partículas flotan junto a los peces grises que se asoman con tristeza y horror presagiando un desastre. Parece que boquean esos peces aunque, en realidad, gritan, también gritan, con sordas súplicas desesperadas. Pero nadie hace caso. Y por eso bajará tu río hacia su mar lejano con un recuerdo oscuro en sus entrañas dejando en las riberas una siembra invisible de orquídeas y de lirios transparentes, vencidos. Tápate los oídos, Budapest, ciudad ciega, que ya apuntan los soldados. Los disparos resuenan. Sus ecos se dirigen hacia ti, ciudad noble, hacia tus edificios, hacia tus portales, hacia tus viviendas, dejando atrás el ruido de los cuerpos descalzos cayendo en el agua y se extiende, profundo, un silencio en tu muelle, mientras llora el Danubio como lloran los ríos cuando lloran al alba. Y el frío, siempre el frío, en el agua más fría de tu río. No mires hacia el muelle, ciudad sangre. No mires madrugadas, ciudad agua. Alguien recoge los zapatos inertes de los ajusticiados. Lo hace para su venta miserable. Te han de nacer huellas de los próximos pasos de esas suelas calladas, Budapest malherida. Y en esas huellas tuyas quedarán para siempre la vergüenza, el dolor, la miseria del hombre, su tragedia insalvable, su inútil redención. No olvides a tus muertos, ciudad rota. No olvides a tus muertos. Nunca olvides. III Hoy, Budapest, nos hablas con la boca de Eva, una afable mujer, delgada y entusiasta, amante de su tierra. Y en tus ojos antiguos vuelve a llorar el río frente a un grupo de turistas españoles que también hacen suyas tu rabia y tu tristeza. Alguien te ofrece un pañuelo para secar tus lágrimas, ciudad Eva. Ahí, en ese gesto, en ese pañuelo extendido, —quisiéramos pensar— se encuentra aquello que nos salva como especie.
Disponible para su escucha en el Episodio T1E1 del Pódcast de HABITÁCORA. Pulsa aquí para escucharlo.


