El viejo
POESÍA | Reconocernos en nuestros mayores, mirarlos con empatía y respeto y comprender en ellos el reflejo inevitable de nuestro propio porvenir.
El tiempo nos viste con una tela insólita, aparentemente liviana, que se nos pega al cuerpo, nos enreda los pasos y, segundo a segundo, nos va negando el baile hasta que, al fin, un día, acaba por impedirlo del todo.
Poco a poco, desaparecemos bajo ese manto traslúcido ante los ojos de quienes ya no nos miran porque ya no nos ven. Vamos siendo fantasmas, ataviados con arrugadas sábanas transparentes, que recorren la vida al compás de una música que pareciera ir desvaneciéndose.
Un día reparamos en el peso de esa invisible seda que llamamos edad y nos vienen a la mente las resignadas palabras de Gil de Biedma en su célebre «No volveré a ser joven».
Hoy te comparto un texto, nacido en 2018, fruto de una colaboración con el talentoso artista David Roma. David me invitó generosamente a recitar uno de mis poemas en medio de su canción «El viejo». Ante aquella invitación, preferí no buscar entre mis poemas alguno que encajara temáticamente en la canción y decidí escribir un texto nuevo a partir de lo que esta me inspiraba.
Y este fue el resultado: un poema que es, en realidad, el llamamiento que hace el personaje de aquella canción de David; la sencillez desnuda de su quieta palabra para hacernos conscientes del paso del tiempo; la reflexión de alguien que seremos nosotros.
EL VIEJO
“Que la vida iba en serio
uno lo empieza a comprender más tarde”
Jaime Gil de Biedma
Mi viejo amor.
Mi lámpara de carne.
Mi faro en aquellos días
en que la luz de un tiempo
que anunciaba eternidades
se fue haciendo cada vez más tenue,
paulatinamente agrietándose,
sin darme apenas cuenta.
Los relojes mintieron
—aún lo hacen—.
Los espejos ahogaban
—no supe verlo—.
Y mi amor, aquel faro,
mantuvo siempre el ritmo,
la cadencia,
la luminosidad en su intervalo,
por más que el oleaje de la vida
tratara de arrastrarme hacia las rocas.
Por ese amor yo fui una vez milagro
y, aunque lo sigo siendo,
invisible es mi cuerpo silencioso;
despidiéndose va de todo lo que tuve,
mas me aferro, callado, a todo lo que queda.
Mírame bien, te pido.
Reconócete en mí.
Soy tu rostro en el mío.
Ojalá estas palabras,
al ser por ti leídas,
te hagan tomar conciencia.
Desconfía del tiempo.
No prejuzgues derrota
en mi aspecto cansado,
pues estarás juzgándote
a ti mismo.
Que hay ancianos naciendo
en todas las miradas.
Yo soy uno de ellos.
Tú también, algún día.



