De aquí a mil años
Sobre la aparente insignificancia humana y, al mismo tiempo, sobre la importancia íntima que cada uno de nosotros tenemos para quienes nos aman.
Todo es relativo.
Sobre todo cuando ponemos distancia. Puede ser espacial o temporal; basta con alejarnos lo suficiente para que la perspectiva transforme lo que parecía absoluto.
El dolor se atenúa con los años. El amor, si se descuida, también. La distancia difumina las aristas y suaviza las cicatrices. Desde lejos, lo grande se reduce; lo que brilla pierde intensidad.
Dale tiempo a una emoción y verás menguar su inicial ímpetu.
Esa es la intuición que sostiene el poema que hoy te entrego. Pero dejo una puerta abierta: quizá un suceso presente, íntimo y personal, desencadene, como un leve aleteo, un efecto cuyo eco perdure en el tiempo, eternamente. Y sea percibido, sin saberlo, por todos.
Eso fue lo que creí advertir aquel día y lo que me llevó a escribir estos versos.
DE AQUÍ A MIL AÑOS nadie recordará tu nombre. Habrás sido una mota de polvo en el cosmos, tan solo una partícula, un punto diminuto con unas coordenadas espaciotemporales concretas que hizo lo que pudo con lo que le fue dado. De aquí a mil años, nadie se acordará de ti. Nadie. De aquí a mil años. Pero los científicos del futuro, al intentar resolver las complejas ecuaciones de la belleza, hallarán una ausencia en todas sus mediciones: un hueco inesperado. Y no sabrán qué hacer con esa nada. No podrán inducirla. No podrán deducirla. No podrán explicarla. Ni siquiera nombrarla. Muy a su pesar, acabarán reconociendo que, a partir de un instante, quizá un milenio atrás, se quebró la belleza y se formó un vacío en sus entrañas. Eso sucederá algún día. De aquí a mil años. Pero yo, en este ahora, ya sé que la belleza se ha quebrado contigo y, a partir de esta grieta, cuando acabe estos versos, comenzará esa hendidura irreparable de vacuidad constante, sostenida en el tiempo.


